Por: Ferney Garcera Tinoco / Facultad de Derecho
“La verdad no cena con la vanidad, y sólo hasta que esta guarde sus trajes y desempolve sus mejillas, le hará libre”
El colombiano es una persona pujante por naturaleza y con gran una capacidad de adaptación al medio donde habita; esto se ve reflejado desde la perspectiva de las limitaciones propias de un país subdesarrollado con brechas enormes en aspectos sociales y económicos. Carente de educación política, Colombia es una nación donde solo el 5 por ciento de la población tiene acceso a la educación superior, y un número irrisorio a la educación básica de acuerdo con los estándares internacionales. El flagelo del narcotráfico hace su rutina danzante de la mano de la corrupción, a su vez el desorden administrativo, la falta de seguridad jurídica en sus normas y la poca credibilidad en sus instituciones sumadas a la carencia de cultura civil y el costumbrismo en la violencia generado por la notoria polarización de los medios de comunicación que publican lo que mejor registra consecuente con la necesidad circunstancial de sus dueños, sin miramientos en la degradación social que causan; generando un panorama mucho más oscuro respecto a las expectativas de vida de los ciudadanos.
El panorama luce desalentador, pero es justo en este punto en que hay que emprender una revisión exhaustiva para entender que pasa realmente en el acontecer diario de este pueblo pujante: resulta que es solo una minoría quien promueve el desorden y que en su gran mayoría los colombianos son gente honesta, dispuesta, con enormes deseos de develar los misterios que le propone el futuro.
Entonces ¿DE DONDE PUEDE PROVENIR SEMEJANTE ZAPEROCO?, Se diría que de factores antropológicos, nuestra riqueza cultural, algo así como la mal llamada malicia indígena, porque al poner la lupa sobre el contenido, resulta que la mayoría de los habitantes de nuestro hermoso país somos descendientes de pueblos que migraron unos antes y otros después, unos por las buenas y otros por las malas. Resultamos ser ahora blancos, sambos y mestizos, mezclados con raza indígena, única con identidad propia, tal vez con la posibilidad de manifestar que nació acá junto con sus padres sus abuelos y muchas generaciones antes de la llegada de los españoles, pero sin su identidad por factores contemporáneos como la europeización de la cultura, y la ciencia.
A esto pueden sumarse otra serie de factores tales como el capitalismo voraz que ya no respeta a los ciudadanos y que enseña el arte del dinero como dios y como ley, un status, un lugar en el mundo contemporáneo globalizado, exige olvidar valores y ética. Y esgrime el mensaje oculto de sálvese quien pueda. Esto, notorio en nuestro país, el dinero fácil se convierte en el sueño de los desvalidos y en la única forma de tener un lugar en esta selva de cemento.
Pareciera entonces, que ante tan desalentadora coyuntura, el alma del colombiano hubiese sido diseñada con predestinación para el combate y el dolor de las adversidades.
No se trata de encendernos en un discurso patriotero y decir que somos fauna y flora y que nuestras mujeres son las más bellas, estas son las mismas que por falta de oportunidades se pueden encontrar en los clubes nocturnos de las principales ciudades del mundo; esto solo es un gemido lastimero y conforme para decir que todo esta bien cuando sabemos que en el chocó los niños se mueren de hambre, que todos los próceres del pueblo han sido acribillados a tiros por los dueños del negocio mas rentable del país: las drogas y las armas.
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